El cisne negro de Maringá

Alfredo Fressia

Fui a Maringá a hablar de Baudelaire. Maringá lleva al corazón de América del Sur y, para mí, el viaje era tierra adentro, directo. Como la ciudad de San Pablo, la de Maringá también se encuentra exactamente sobre el Trópico de Capricornio. Siguiendo el Trópico, y después de muchas horas, se termina el Estado de San Pablo, de mapa engañoso, y uno se encuentra en el Norte de Paraná, pero muy lejos de la capital, Curitiba, más bien tocando casi Mato Grosso. Después vienen el extremo norte del Paraguay, las fronteras de Argentina y Bolivia, y hasta el desierto de Atacama en Chile. Pero yo me quedé en Maringá, para hablar de Baudelaire.

Mi tema, resumidamente, era el fracaso de la crítica a partir de un soneto de Las Flores del Mal, el llamado “À une passante”. Hacía un relevamiento crítico del poema como documento de aquella París que cambiaba bajo el Segundo Imperio, la novedad del anonimato en la calles. El enigma de la transeúnte de ese poema incluía la lectura psicoanalítica, y me aventuraba en el sadomasoquismo baudelaireano, el del “dolor que fascina y el placer que mata“. Las citas de Michel Foucault, tan exactas, no podían faltar, ni Walter Benjamin, ni el misterio implícito en el poema que, en el fondo (y en parte de la forma), era el tema de mi ponencia

Maringá tiene 294.380 habitantes. Como constituye una comarca, y está cercada de pueblitos dormitorio, la región cuenta con medio millón de habitantes. Por eso su Universidad, la UEM, esa “Universidade Estadual de Maringá” es grande y uno de los orgullos locales. La ciudad tiene motivos para estar orgullosa de sí. Uno de ellos es la naturaleza, tan integrada al mapa urbano que a veces uno duda si está realmente en una “ciudad”. Se ven pocas calles, y muchas avenidas anchas, con árboles gigantescos, en el medio y a cada lado, palmeras imperiales, jacarandás, “ipês”, esos árboles que en lugar de hojas verdes están cubiertos de flores. Existen los lila y los amarillos. Y además hay varios parques en pleno centro. Los coatíes y los monitos salen de los parques y se les respeta el derecho de pasear entre los árboles de las veredas y por los jardines de las casas vecinas. El calor abrasador de día, cede un poco de noche, tal vez porque la ciudad está a 554 metros de altura, y descubrí que los pájaros que, desde la cama del hotel, de mañana, veía venir del este, de Mato Grosso, eran los mismos que volvían al fin del día, en perfecta formación, bajo un cielo mareado por todas las variaciones del rosado, el rojo, el violeta casi negro.

Los maringaenses son conversadores, les gusta charlar, “prosear“, dicen. No prosear con la gente sería casi una ofensa, o cosa de un forastero irremediable. Y les gusta contar que Maringá no tiene casi pasado. Fue fundada el 10 de mayo de 1947. Que era selva virgen y, primero, los ingleses, los de la “Paraná Plantations Company”, desde los años ’20, abrieron la floresta, y que después continuó la tarea la “Compañía Melhoramentos do Norte do Paraná”, a partir de 1939. Aquella tierra roja como el fuego (“podzólico rojo”, me prosearon) era buena para el cultivo del café. Hablan con orgullo de los “pioneros”, que vinieron de San Pablo y de Minas Gerais. Llegaban para trabajar. Hoy les hacen monumentos y memoriales. La actriz Sonia Braga, “Doña Flor”, podrá ser la maringaense más famosa, pero la nombran poco. Se ve enseguida que prefieren las historias de los pioneros. Les gusta haber sido inmigrantes pobres, “retirantes“, y, con mucho esfuerzo, haberse vuelto la Ciudad Canción, o la Ciudad Jardín.

Lo de Jardín se explica solo. Pero lo de Canción los obliga a interrumpir la “prosa” para cantar la canción “Maringá” – tristísima- que dio su nombre a la ciudad. Cuenta la historia de otra inmigrante, mítica ésta, que se llamaba María do Ingá, vino de Paraíba debido a una sequía, ya transformada en “Maringá”: “Foi numa leva/ Que a cabocla Maringá/ Ficou sendo a retirante/ Que mais dava o que falar“. El autor de la letra y la música es Joubert de Carvalho, compositor conocido entre los brasileños, y la canción sería de 1935. A esa altura los mitos se bifurcan en versiones diferentes. Unos dicen que un “pionero” viudo cantaba tristemente esa canción a su hijo para dormirlo en una hamaca. Pero todos concuerdan que desde la época de los ingleses, a cada arroyo y cada clarera que encontraban, sin saber muy bien qué nombre ponerles, los peones les inventaban uno, casi siempre en guaraní, o los bautizaban con el de alguna mujer, o el de otra cosa preciosa: marcas de cigarrillos (como el arroyo “do Fulgor”). En todo caso, a la región que sería Maringá le tocó el más hermoso de los nombres.

Nadie estaba “proseándome” cuando vi al cisne negro en el lago de un parque central. Más bien fui yo el que busqué con quién compartir el impacto de tanta elegancia, la belleza, de cortar la respiración, ese cisne infinito. Para prosear sólo había un guardia, señor ya entrado en años (63, me dijo después, porque también me contó su vida, prosa va, prosa viene, como corresponde). El cisne era viudo. Después de la muerte de la “cisna” le habían puesto otras cisnas, también negras y bellas (las vi en otra parte del lago) y él las rechazó. La “prosa” incluía partes moralizantes, porque, decía el señor, los hombres olvidamos a quienes amamos, pero “él”, ese cisne que cuida hace años, no. Lo decía con la admiración implícita por su amigo cisne.

La historia de fidelidad, en un cisne, no me sorprendió tanto como la belleza de ese animal, mítica y conmovedoramente real. Yo estaba en Maringá para hablar de un soneto de las Flores del Mal en las Jornadas de Estudios Franceses de la UEM. Entonces ¿de dónde venía ese cisne negro que no era de Darío? De Baudelaire, estaba claro. Me venía desde Baudelaire.

“El Cisne” (“Le Cygne”) de Baudelaire es trágico, y el poema tal vez sea uno de los más desolados de los “Tableaux Parisiens”, acaso de todas las Flores. Está dedicado “A Victor Hugo”, el poeta entonces exiliado en la isla inglesa de Guernesey. Yo fui a Maringá para hablar de una transeúnte y quien pasaba frente a mí era el cisne. Fui a una ciudad cuyo único pasado es la naturaleza, sin tiempo, y me aparecía ese antiguo cisne negro, que en Baudelaire es blanco y sucio (“Baignait nerveusement ses ailes dans la poudre“, buscaba el agua y se bañaba en polvo), perdido, ese, en una ciudad en obras y que “cambia” (“Paris change!“), y el cisne mártir de la modernidad me aparecía ahora, viudo y negro, en un lago del corazón de América del Sur.

Es cierto, el Poeta lo anunciaba desde la segunda estrofa: “la forme d’une ville/ Change plus vite, hélas! que le coeur d’un mortel“. La prueba de que la forma de una ciudad cambia más rápido que el corazón de un mortal era Maringá misma, su existencia, las fotos que muestran en los Memoriales de la ciudad y los relatos de las “prosas” maringaenses. De la selva virgen puede surgir una ciudad.

En el poema, el Poeta “piensa”. Piensa y prosea. “Je pense“, repite, y va nombrando a los desamparados de pasado, los que lo han perdido irremediablemente. La lista final es vasta. Pasan Andrómaca, ya viuda (“Andromaque, je pense à vous!“), el cisne, en busca de su lago, que el poeta vio una mañana (como yo, pobre de mí), la negra tísica que busca las palmeras africanas “Derrière la muraille immense du brouillard“, tras esa muralla de niebla urbana (y siempre me había conmovido esa estrofa: no se lee a Baudelaire en América del Sur del mismo modo que en París). Pasan también por el pensamiento los perdedores de lo que ya nunca se volverá a hallar (“À quiconque a perdu ce qui ne se retrouve/ Jamais, jamais!“), pasan marineros olvidados en una isla, los presos, los vencidos. Y se oye, y estremece, el Recuerdo, en la “floresta” del alma, escrito con esa mayúscula tan definitiva, tras el sonido del cuerno: “Un vieux Souvenir sonne à plein souffle du cor!“.

El cisne negro de Maringá llegaba, viudo y fiel. En Baudelaire era “Comme les exilés, ridicule et sublime“, ridículo y sublime como un exiliado. Pero yo lo reencontraba en América del Sur, en la tierra mestiza adonde también inmigraron María do Ingá y miles, millones de hombres, tantos que los exiliados dejaron de ser ridículos. Mi cisne era sublime, ciertamente, porque, viudo y junto al Recuerdo, volvía redimido del exilio para inaugurar un mundo nuevo. De noche fui a prosear sobre la transeúnte del Segundo Imperio frente a un auditorio de jóvenes entusiastas que estudian a Baudelaire en el corazón del Continente. Y no mencioné “El Cisne”. En Maringá, no era necesario.

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